lunes, abril 19

Anochecer en Algarrobo


Recuerdo en las vacaciones, antes de volver al mundo ajetreado de santiago, Salí a caminar, a respirar, a conocer, Salí sin rumbo, solo camine a orillas de la playa acompañada de música, y como dice el texto “nada o casi nada sucede en el día a día de Monseñor Muller” (Horas perdidas en las calles de santiago, 2000, Pág.11) aunque en esta ocasión no era la Calle Monseñor Muller la que recorría si no de la Calle Carlos Alessandri en Algarrobo, V región. En el lugar invadía una paz que ni en mis mejores sueños tenia, observaba como el mar, furioso e implacable estremecía por debajo de las bollas amarillas en entre la playa y el infinito del mar, el reflejo de la luna creaba una atmosfera que era bien aprovechada por los amores de verano varados en la playa como las conchitas que dejaba el mar al subir, crucé la playa por la arena hasta el pequeño muelle donde ofrecían en el día paseos a la “isla de los pingüinos” y me quede hay, al final del muelle, buscando algo que me diera una explicación de algo tan maravilloso como la calma que viví en ese muelle, con esa luna, con ese mar a esa hora, todo era perfecto.

Luego caminé hasta una feria de artesanías que estaba frente al mar, la gente en familia compraba adornos, que al final no quedaban en ninguna parte cuando llegaban a sus casa, jóvenes haciéndose trenzas de macramé con la señora Irma, la gitana que llegaba todos los veranos al mismo puesto. La gente se veía tan feliz, tan entusiasmada nadie se preocupada de “la agitación de la vida que se origina solo en las palpitaciones diurnas del comercio” (Horas perdidas en las calles de santiago, 2000, Pág.5) todos en familia, haciendo del capitalismo un uso que llega a ser innecesario. Luego volví hacia la casa, caminando por los cerros, pasando la fiesta de fin de verano en el club de yates, por las casas hermosas hechas de forma muy original frente al mar, bordeando la iglesia roja que yo la reconozco por nunca estar abierta al publico cuando paso por ella, los condominios , los canelos , su olor, una mezcla entre mar y hojas frescas de canelo, guardadas en mi memoria desde la infancia pero ese día tenían un olor especial, un olor a comienzo, sentía como cada paso que daba devuelta a casa era una paso mas hacia mi futuro y ese pensamiento hacia nuevo todo lo que veía, tocaba y olía; veía a las familias ir a la playa y yo caminaba sola por la avenida.

Luego de subir el cerro hacia la casa, vi que no había luz en los postes, como pude avance y llegue a un pequeño monte donde me encontré acompañada, solo el cielo estrellado como nunca y yo frente a el, sentía que se venia encima, sentí “un respiro de humanidad” (Horas perdidas en las calles de santiago, 2000, Pág.5). Me senté en una roca y me fume el último cigarrillo que tenia, lo disfrute como ninguno debo decir. Luego me despedí de ese cielo iluminado y camine lo que me quedaba hasta la casa, a lo lejos la vi, vi la casa, pequeñita, rustica, “hechiza” ,como se diría en buen chileno, ubicada en plena quebrada, vi a mi mamá con mis tíos riendo y bebiendo, nada les importaba en ese momento, ni las etiquetas, ni el trabajo, ni siquiera que al otro día volveríamos a la casa, a la “zona empobrecida […] y a la luz amarillenta de los faroles” (Horas perdidas en las calles de santiago, 2000, Pág.7).

No disfrute ningún verano como este, aprendí muchas cosas solo mirando y dándome cuenta que lo que la tierra nos da, los momentos que para algunos son insignificantes, son los que más valen, por que enseñan a que nada es más disfrutable que la propia vida.

Al final de todo nosotros somos solo momentos, somos pasajeros y ese verano me hizo darme cuenta que no hay mejor regalo para la memoria, que esos detalles que se guardan por siempre en la memoria.